Perfumes de soledad... Es todo lo que tenía hasta ese momento. Hacía rato que desgarraba sus recuerdos hasta el último centimetro en busca de alguno que lo haga sonreir.
Las últimas noches no durmió bien.
Se sentía bravo pero temeroso, como un caballo a punto de salir a ganar la carrera.
Esta noche le deparaba lo mismo que la noche anterior, y la anterior, y la anterior: un vaso de whisky a medio llenar, un cigarro y algunas piezas de blues.
Algo de todo eso tenía mística, iba más allá de lo que otro pudiera considerar. De costumbre pasó a ser ritual. De lo único que no estaba convencido es de haberle encontrado realmente el sentido a aquello. Sufrir por amor, desangrarse por un mundo viejo de ideas torpes y egoísmos profundos. A veces el mundo es eso: torpe y egoista, como un niño con juguete nuevo. Él pensaba a cada persona como el juguete nuevo del mundo. Después de todo ¿Quién no degolló a su muñeco cuando niño? ¿Cuál será la verdadera naturaleza del pensamiento humano?

Los últimos acordes del día empezaron a sonar, sabía que era momento de dormir. Mañana tendría un día igual o peor al de hoy: fastidiaría con su jefe, pelearía con la gente de camino a su trabajo, sentiría que la vida algo le debe, cerraría los ojos ante el primer signo de pobreza que se le aparezca.
Dio su última pitada, el ambiente estaba algo denso. Agitó el vaso ya casi vacío y bebió.
Inclinó su cabeza hacía atrás, miró fijo al techo, su mirada a grietas rojas inquietaba. Se dispuso a hablar con Dios. Esta vez no pediría ni por los enfermos ni por su familia. Pensó en ser egoista, en un cambio para su monotonía.
Cerró los ojos. Respiró profundo.
Lloró fuerte.
Su alma encuentra paz solamente en el sueño profundo.