Pido perdón por la danza macabra que engulle las respiraciones y los
silencios en esta comarca despojada de santidad. Perdón por los que a la hora
de la desesperación eligieron burlarse de los menos capacitados para
sobrevivir, perdón por el puño que se alza y cae sin piedad sobre la alegría,
por la mueca multiplicada en rincones donde el asfalto huele a podrido, por la
lluvia de mentiras y el vendaval de promesas moribundas, por el odio añejado en
cubas de acero, por la falta de humildad y los ojos vacíos de confianza.
Pido perdón por quienes recorrieron en vano todas las ventanillas y no
hallaron respuesta para su misma pregunta aterida, perdón por los balbuceos y
los titubeos y los codazos en la larga fila del desconcierto, perdón por
quienes no ven ni oyen ni dicen porque les cauterizaron la imaginación en
sucesivas temporadas de falacia, perdón por los que se fueron con el asco a
otra parte donde sólo había garantía de anonimato, por los que recuerdan la
canción del olvido y los que olvidan cómo se vuelve al callejón de la memoria.
Pido perdón por los que suman y restan todo el tiempo olfateando divisas que
no sirven para asegurar un lugar en el paraíso, por esa muchacha que va por ahí
vendiendo sus redondeces a buen precio (lo cual a menudo es apenas una cena),
por los niños de padres separados que vieron caerse a pedazos sus castillos en
tanto un ministro anunciaba que ese invierno sería el último, por el olor a
nada que campea entre los cuerpos apiñados en el subte, por el inocente cuya
sangre regó las piedras de una isla sin árboles y llena de soretes de oveja,
pido perdón por la guerra que pisa fuerte toda la pobre impotencia de la gente,
por el viejito que hurga el tacho de basura en la puerta de mi casa, por los
que abren el gas sin dejar una sola letra de despedida, por los que sueñan
todavía en un mundo diferente y despiden uno a uno a sus mejores amigos.
Pido perdón por la torpeza que vestida de codicia irrumpe en los salones
burocráticos, por el disco rayado de Gardel y el horóscopo de los domingos, por
el sándwich comido en la plaza en la hora libre, por los pibes que venden
curitas o turrones con cara de susto, por las sirenas ostentosas a cualquier
hora de la vigilia, por el hollín que sigue cayendo día a día y el humo negro
que te infecta los pulmones, por la gota de terror que horada el aliento, por
los discursos que prometen salvarte, por la media suela imposible y los blancos
guardapolvos deshilachados, por las maestritas ateridas en la ruta a La Plata,
por los que trotan en Palermo y apuestan no embocando ni una, perdón por la
piel ajada de tantas caras, por los que no apuestan y trotan igual porque
hallaron la manera de sacarle jugo a la crisis, por quienes siguen hipnotizados
el desfile colorido de los espectaculares, los que ya ni tienen baraja para
seguir esperando por lo menos un par de ochos, los que tragan vino falso
disfrazado de néctar, por los que están seguro de que se irán y no se irán, por
los que se han ido y no están seguros de que se han ido, por los que nunca
volverán y miran crecer a sus hijos en otro idioma.
Pido perdón por los asesinos y los asesinados en nombre de lo que sea, por
el rito del torturador y el torturado en este cono sur de la buena tierra, por
los que espían todo el tiempo, todo el tiempo, todo el tiempo esperando que uno
pise el palito, pido perdón, sí, pido perdón por la sangre de los cuatro
colimbas anónimos que quedó secándose en la esquina de Córdoba y Alem en abril
de 1962 mientras entre Punta Indio y Magdalena intercambiaban balas por una
cuestión de colores (y muchas pegaron allí donde no hay remedio), ésos no
tendrán status de héroes ni medallas televisadas, pido perdón por los que creen
que mandan y solamente suscriben actas de insolvencia, pido perdón por los
"istas" de todo cuño, esos que hoy se acuerdan de la juventud divino
tesoro y votame que te salvo, perdón por nosotros aquí y ahora y en la hora de
nuestra muerte, perdón por cada cual que no pide perdón aunque hay páginas de
su libreto cargadas de masacre, perdón por los que desaparecieron y los que se
lavaron las manos, y mucho más pido perdón por la violencia y los violentos, y
no me cuenten que siglo XX cambalache por que hace ya mucho tiempo que nos
bajamos del ombú.
Pido perdón por las autopistas y las playas subterráneas de estacionamiento
ya que hay locos tirados a la calle, ancianos tirados a cualquier parte, niños
escupidos al aire, agujeros horribles en la palabra del informativo, hielo en
los abrazos, telarañas en la bondad, bronca infecunda en el lugar de la
caricia. Pido perdón por los hoteles atiborrados de espectros vencidos y por la
ceguera premeditada de los verificadores de la libertad. Pido perdón por el río
infeccioso que supimos conseguir, por las carcajadas que en medio de la noche
disimulan con vaho etílico la grasa de las capitales, por los que confunden
fortaleza de espíritu con el arte de pisar cabezas, por las carradas de
mediocridad que recorren impunemente el éter y los orticones, por los que
alguna vez fueron a vitorear dictadores a Plaza de Mayo, por los porteños que
convierten en ofensa todo lo que tocan, por quienes nunca tocaron un cuerpo ni
fueron tocados (no hablemos de las ceremonias de Onán), por las olas nuevas y
las olas viejas y las olas de quejas y los poemas en el desván, pido temblor
por los temblores y los hedores de nuestras relaciones inhumanas, por el
balanceo de la heroína y la cocaína en los que erraron sin prisa ni pausa hacia
el chispazo de los perdedores, por la cacería desenfrenada de errores en pos de
la perfección a prueba de herrumbe, pido perdón por la mujer que pide limosna
en la vereda y por los que pasan rápido mirando hacia Neptuno, pido perdón por
la ilusión fugitiva en caravanas de obsesión, por millones de ceniceros llenos
y el festín del enfisema, pido perdón por los infartos de miocardio y las
úlceras y los tumores fidedignos al estilo occidental de agonía, por la mano en
la lata y el dedo en el gatillo.
Por fin, pido perdón por la perversión y la pornografía generadas por
quienes de tanto vacunar contra la degeneración fabricaron más monstruos de los
que decían combatir, por los que hacen y deshacen a costa de quienes sudan y no
conocen otra cosa que el desamparo, pido perdón otra vez por el baile de los
malditos y la polca de los eruditos, perdón por los chagásicos traspapelados y
los museos de armas, y el tiempo pasa y se te aflojan los dientes.
Perdón, perdón, perdón. Pido perdón. Pido perdón por los hipócritas que una
vez más salen a la arena del circo para el malabarismo de los panes, para la
multiplicación de los planes, para la intoxicación de los canales, para la
canalización de los desmanes, para el reparto del queso restante y el desdén
petulante, para el quebranto militante y la gesticulación rampante. Pido perdón
por el arca perdida y la guerra de las neuralgias. Pido perdón por la medicina
social y los analgésicos coyunturales. Pido perdón por la malasangre negociada,
por los excomulgados y los acogotados. Perdón, sí perdón, por el agujero negro
en los diez mandamientos. Pido perdón por el honor indexado y el valor
agregado, por el tanto por ciento y tu amor empantanado. Ni pago ni pego: me
paro y me quedo.
No pido perdón por el crío que mama ni por la brisa del campo. Hay una
plegaria en el viento y una semilla brotando. Ni piden perdón. Ni permiso. Ni
admiten espanto. Tienen la canción de su lado. No pidas perdón: no pidas
perdón. La consiga es ser libre. El resto es lograrlo.
Publicado en el N° 2189 de la revista CARAS Y CARETAS, segunda época, agosto de 1982, tras la guerra de Malvinas.
Extraído del libro "La generación V"
Autor: Miguel Grinberg