Viajé hacia mi mismo y allí me encontré: sentado, algo viejo, cansado y con un whisky en la mano.
¿Qué viejas cuestiones del alma uno se pregunta una y otra vez? ¿Cuántos caminos conducen a la felicidad?
Si me quieres te quiero, si me odias te quiero, si me buscas no puedo, si me encuentras no quise.
Alli estaba sentada mi alma discutiendo con mi corazón una vez más. Aquí la razón no emitía opinión (en estos casos ella no se mete). Otras voces opinan pero es siempre retornar al mismo punto, mi alma discutiendo con mi corazón:
-¿Cómo puede ser que el perfume de una piel se haya tatuado en tu ventrículo?- dijo el alma.
-Seré parte de este calvario al que me esclavizé por otario alguno de aquellos hermosos días- respondió el corazón.
-No ves que así no llegamos a ningún lado. ¿Querés hundirme?- indagó el alma.
-¿Y quién sos vos para reprochar estás cosas, si vos sos la que permitió todo esto?- respondió el corazón.
-¿Yo?¡Sólo me encargué de que no te sientas solo!- retrucó el alma.
-¡Lavate las manos! Yo solo se que no ahogaría aquellas penas ni en la más brava marea de ese añejo on the rocks- entre llantos ya, se despachó el corazón.
El hombre (mi yo), ya cansado de tanta discusión sin sentido dentro de si mismo, bebe el último trago de aquel vaso, se levanta y se va a dormir.
Su recuerdo es su presente, y una vez más (a pesar de su corazón) ahogó sus penas en un escocés.
Ni en sus sueños el panorama es alentador, pero él siendo optimista se va pensando: ESTO VA A CAMBIAR.
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