lunes, 1 de octubre de 2012

El ocaso de los hipócritas

Pido perdón por la danza macabra que engulle las respiraciones y los silencios en esta comarca despojada de santidad. Perdón por los que a la hora de la desesperación eligieron burlarse de los menos capacitados para sobrevivir, perdón por el puño que se alza y cae sin piedad sobre la alegría, por la mueca multiplicada en rincones donde el asfalto huele a podrido, por la lluvia de mentiras y el vendaval de promesas moribundas, por el odio añejado en cubas de acero, por la falta de humildad y los ojos vacíos de confianza.
Pido perdón por quienes recorrieron en vano todas las ventanillas y no hallaron respuesta para su misma pregunta aterida, perdón por los balbuceos y los titubeos y los codazos en la larga fila del desconcierto, perdón por quienes no ven ni oyen ni dicen porque les cauterizaron la imaginación en sucesivas temporadas de falacia, perdón por los que se fueron con el asco a otra parte donde sólo había garantía de anonimato, por los que recuerdan la canción del olvido y los que olvidan cómo se vuelve al callejón de la memoria.
Pido perdón por los que suman y restan todo el tiempo olfateando divisas que no sirven para asegurar un lugar en el paraíso, por esa muchacha que va por ahí vendiendo sus redondeces a buen precio (lo cual a menudo es apenas una cena), por los niños de padres separados que vieron caerse a pedazos sus castillos en tanto un ministro anunciaba que ese invierno sería el último, por el olor a nada que campea entre los cuerpos apiñados en el subte, por el inocente cuya sangre regó las piedras de una isla sin árboles y llena de soretes de oveja, pido perdón por la guerra que pisa fuerte toda la pobre impotencia de la gente, por el viejito que hurga el tacho de basura en la puerta de mi casa, por los que abren el gas sin dejar una sola letra de despedida, por los que sueñan todavía en un mundo diferente y despiden uno a uno a sus mejores amigos.
Pido perdón por la torpeza que vestida de codicia irrumpe en los salones burocráticos, por el disco rayado de Gardel y el horóscopo de los domingos, por el sándwich comido en la plaza en la hora libre, por los pibes que venden curitas o turrones con cara de susto, por las sirenas ostentosas a cualquier hora de la vigilia, por el hollín que sigue cayendo día a día y el humo negro que te infecta los pulmones, por la gota de terror que horada el aliento, por los discursos que prometen salvarte, por la media suela imposible y los blancos guardapolvos deshilachados, por las maestritas ateridas en la ruta a La Plata, por los que trotan en Palermo y apuestan no embocando ni una, perdón por la piel ajada de tantas caras, por los que no apuestan y trotan igual porque hallaron la manera de sacarle jugo a la crisis, por quienes siguen hipnotizados el desfile colorido de los espectaculares, los que ya ni tienen baraja para seguir esperando por lo menos un par de ochos, los que tragan vino falso disfrazado de néctar, por los que están seguro de que se irán y no se irán, por los que se han ido y no están seguros de que se han ido, por los que nunca volverán y miran crecer a sus hijos en otro idioma.
Pido perdón por los asesinos y los asesinados en nombre de lo que sea, por el rito del torturador y el torturado en este cono sur de la buena tierra, por los que espían todo el tiempo, todo el tiempo, todo el tiempo esperando que uno pise el palito, pido perdón, sí, pido perdón por la sangre de los cuatro colimbas anónimos que quedó secándose en la esquina de Córdoba y Alem en abril de 1962 mientras entre Punta Indio y Magdalena intercambiaban balas por una cuestión de colores (y muchas pegaron allí donde no hay remedio), ésos no tendrán status de héroes ni medallas televisadas, pido perdón por los que creen que mandan y solamente suscriben actas de insolvencia, pido perdón por los "istas" de todo cuño, esos que hoy se acuerdan de la juventud divino tesoro y votame que te salvo, perdón por nosotros aquí y ahora y en la hora de nuestra muerte, perdón por cada cual que no pide perdón aunque hay páginas de su libreto cargadas de masacre, perdón por los que desaparecieron y los que se lavaron las manos, y mucho más pido perdón por la violencia y los violentos, y no me cuenten que siglo XX cambalache por que hace ya mucho tiempo que nos bajamos del ombú.
Pido perdón por las autopistas y las playas subterráneas de estacionamiento ya que hay locos tirados a la calle, ancianos tirados a cualquier parte, niños escupidos al aire, agujeros horribles en la palabra del informativo, hielo en los abrazos, telarañas en la bondad, bronca infecunda en el lugar de la caricia. Pido perdón por los hoteles atiborrados de espectros vencidos y por la ceguera premeditada de los verificadores de la libertad. Pido perdón por el río infeccioso que supimos conseguir, por las carcajadas que en medio de la noche disimulan con vaho etílico la grasa de las capitales, por los que confunden fortaleza de espíritu con el arte de pisar cabezas, por las carradas de mediocridad que recorren impunemente el éter y los orticones, por los que alguna vez fueron a vitorear dictadores a Plaza de Mayo, por los porteños que convierten en ofensa todo lo que tocan, por quienes nunca tocaron un cuerpo ni fueron tocados (no hablemos de las ceremonias de Onán), por las olas nuevas y las olas viejas y las olas de quejas y los poemas en el desván, pido temblor por los temblores y los hedores de nuestras relaciones inhumanas, por el balanceo de la heroína y la cocaína en los que erraron sin prisa ni pausa hacia el chispazo de los perdedores, por la cacería desenfrenada de errores en pos de la perfección a prueba de herrumbe, pido perdón por la mujer que pide limosna en la vereda y por los que pasan rápido mirando hacia Neptuno, pido perdón por la ilusión fugitiva en caravanas de obsesión, por millones de ceniceros llenos y el festín del enfisema, pido perdón por los infartos de miocardio y las úlceras y los tumores fidedignos al estilo occidental de agonía, por la mano en la lata y el dedo en el gatillo.
Por fin, pido perdón por la perversión y la pornografía generadas por quienes de tanto vacunar contra la degeneración fabricaron más monstruos de los que decían combatir, por los que hacen y deshacen a costa de quienes sudan y no conocen otra cosa que el desamparo, pido perdón otra vez por el baile de los malditos y la polca de los eruditos, perdón por los chagásicos traspapelados y los museos de armas, y el tiempo pasa y se te aflojan los dientes.
Perdón, perdón, perdón. Pido perdón. Pido perdón por los hipócritas que una vez más salen a la arena del circo para el malabarismo de los panes, para la multiplicación de los planes, para la intoxicación de los canales, para la canalización de los desmanes, para el reparto del queso restante y el desdén petulante, para el quebranto militante y la gesticulación rampante. Pido perdón por el arca perdida y la guerra de las neuralgias. Pido perdón por la medicina social y los analgésicos coyunturales. Pido perdón por la malasangre negociada, por los excomulgados y los acogotados. Perdón, sí perdón, por el agujero negro en los diez mandamientos. Pido perdón por el honor indexado y el valor agregado, por el tanto por ciento y tu amor empantanado. Ni pago ni pego: me paro y me quedo.
No pido perdón por el crío que mama ni por la brisa del campo. Hay una plegaria en el viento y una semilla brotando. Ni piden perdón. Ni permiso. Ni admiten espanto. Tienen la canción de su lado. No pidas perdón: no pidas perdón. La consiga es ser libre. El resto es lograrlo.

Publicado en el N° 2189 de la revista CARAS Y CARETAS, segunda época, agosto de 1982, tras la guerra de Malvinas.

Extraído del libro "La generación V"
Autor:  Miguel Grinberg


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